Duerme el anciano padre, mientras ella a la luz de la lámpara nocturna contempla el noble y varonil semblante que un pesado sueño abruma. Bajo aquella triste frente que los pesares anublan, deben ir y venir torvas visiones, negras hijas de la duda. Ella tiembla…, vacila y se estremece… ¿De miedo acaso, o de dolor y angustia? Con expresión de lastima infinita, no sé qué rezos murmura. Plegaria acaso santa, acaso impía, trémulo el labio a su pesar pronuncia, mientras dentro del alma la conciencia contra las pasiones lucha. ¡Batalla ruda y terrible librada ante la víctima, que muda duerme el sueño intranquilo de los tristes a quien ha vuelto el rostro la fortuna! Y él sigue en reposo, y ella, que abandona la estancia, entre las brumas de la noche se pierde, y torna al alba, ajado el velo…, en su mirar la angustia. Carne, tentación, demonio, ¡oh!, ¿de cuál de vosotros es la culpa? ¡Silencio…! El día soñoliento asoma por las lejanas alturas, y el anciano despierto, ella risueña, ambos su pena ocultan, y fingen entregarse indiferentes a las faenas de su vida oscura. Rosalía de Castro | | La culpada calló, mas habló el crimen… Murió el anciano, y ella, la insensata, siguió quemando incienso en su locura, de la torpeza ante las negras aras, hasta rodar en el profundo abismo, fiel a su mal, de su dolor esclava. ¡Ah! Cuando amaba el bien, ¿cómo así pudo hacer traición a su virtud sin mancha, malgastar las riquezas de su espíritu, vender su cuerpo, condenar su alma? Es que en medio del vaso corrompido donde su sed ardiente se apagaba, de un amor inmortal los leves átomos, sin mancharse, en la atmósfera flotaban. Sedientas las arenas, en la playa sienten del sol los besos abrasados, y no lejos, las ondas, siempre frescas, ruedan pausadamente murmurando. Pobres arenas, de mi suerte imagen: no sé lo que me pasa al contemplaros, pues como yo sufrís, secas y mudas, el suplicio sin término de Tántalo. Pero ¿quién sabe…? Acaso luzca un día en que, salvando misteriosos límites, avance el mar y hasta vosotras llegue a apagar vuestra sed inextinguible. ¡Y quién sabe también si tras de tantos siglos de ansias y anhelos imposibles, saciará al fin su sed el alma ardiente donde beben su amor los serafines! Rosalía de Castro |