Miércoles - 08.Febrero.2012

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Fotógrafo Pepi Merisio

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merisio.jpg

Fotógrafo Pepi Merisio:

El habitual planteamiento de la cuestión de si la fotografía es arte resulta ser en realidad un problema falso; como en cualquier otra manifestación artística, en fotografía no todo puede ser sublime ni alcanzar ese tenue halo de emoción que le es intrínseco a cualquier objeto artístico, que lo transporta en el tiempo y en el espacio. No hay duda de que tanto en la síntesis de la obra de algunos fotógrafos como en el análisis de ciertas imágenes se conserva y se trans­mite la misma fuerza emotiva que en las cerámicas de Della Robbia, los grabados de Durero o el cristal de Murano, pudiendo ciertamente hallarse valores similares a los de la mejor pintura, el más bello mosaico o la más exquisita literatura."

Estas opiniones son de Pepi Merisio. De ellas puede extraerse la clave para entender la austeridad y nitidez del "relato fotográfico" que él ha desarrollado, siempre en los límites del respeto por todos y por todo, durante los últimos treinta y cinco años (tuvo una cámara fotográfica por primera vez en sus manos en 1947, a los dieciséis años).

Es frecuente encontrar en su obra series de fotografías. Para él, una palabra no puede contener poesía ni verdad; el hombre no debe permanecer aislado, sino en dual o múltiple armonía con seres y objetos (Vae soi!l ¡Ay de los solitarios!, el viejo prover­bio latino que contradice a otro: "Sólo serás tuyo estando solo", de Leonardo). Meri­sio no se limita a retratar de una forma árida y decorativa la cornisa de color miel o la barquichuela en la ribera. Plasma con un intenso espíritu participativo imágenes de hombres y mujeres que ríen, trabajan, rezan, cantan y beben. Y es así por muy distin­tas razones: Merisio, coterráneo del genial Michelangelo Merisi, con quien bien po­dría estar unido por lazos familiares, nació en Caravaggio, en la baja llanura de Bérgamo, donde los hombres han tenido siempre que estar unidos para enfrentarse a las aguas, a las plagas, al hambre y a las partidas de bandidos. Por otro lado, como buen católico, piensa que Dios se halla presente, complacido, entre los que se reúnen en su nombre, aunque también se encuentre, igualmente complacido, al lado de los soli­tarios. Merisio es además licenciado en filosofía y tal vez por ello sabe, o al menos intenta, distinguir la sustancia de la apariencia, lo cierto de lo fútil.

Con estas y otras motivaciones, observa, ama y da testimonio de ese universo armónico, austero, amable y en ocasiones brutal que es la llamada civilización campesina. Re­vierte sobre ella su voluntad y su instinto, siguiendo las directrices marcadas por los grandes maestros de la fotografía (desde Brassaï a Cartier-Bresson) y, muy especialmente, los conocimientos adquiridos en la Farm Security Administration. Refiriéndose a este período de aprendizaje, Merisio declara: "Se trata de un campo de la fotografía que me pareció, desde el primer momento, afín a mi sensibilidad y que coincidía con lo que yo quería hacer en aquella época. Sus métodos de trabajo me parecían ya co­nocidos; tal vez me revelaban mi propio patrimonio iconográfico".

En dicho período se fraguó una de sus mejores obras, publicada en 1969, Terra di Bergamo, tierra atentamente contemplada y estudiada, plasmada en miles de imáge­nes. De esta misma época de intensa y entrañable investigación data el portafolio titulado In morte dello zio Angelo, mediante el cual se dio a conocer en Europa y espe­cialmente en Alemania. En aquel trabajo, como en tantos otros, quedaba perfectamen­te reflejado el sentido del tiempo, que en Merisio aparece como un ente espiritual y cultural más que cronológico.

Las fotografías del labrador o el ama, del chalán o del leñador, del arriero o del fraile buscón, protagonista este último de una memorable página de su penúltimo libro, Il cantico dell'Umbria, no son lamentos por la desaparición de estos personajes y lo que representan, sino el testimonio de una forma de vida más individual y concreta, más propia de seres dedicados a Dios y a su propia vida que de autómatas controla­dos por los motores y la televisión.

Sobre esta cuestión Merisio opina: "Desde un punto de vista filosófico, religioso, so­cial y humano, trato de dar a mis obras un sentido de temporalidad a pesar de la humi­llante uniformidad a la que nos hallamos sometidos. La moda, por ejemplo, es un condicionamiento externo que anula los caracteres temporales y locales, a la vez que los rasgos estrictamente individuales, la tradición y la realidad propias. Hoy día puede encontrarse en Hong-Kong un muchacho vestido de la misma forma que los de Cog­ne o Fucecchio, y en Fucecchio personas que tararean las mismas aburridas canciones que en Tirano. Es evidente que esta horizontalidad, esta desintegración del individuo como tal, es una forma de violencia. Mi forma de rechazarla es evocar sin retórica estos personajes cuya forma de vida es menos gratuita y menos anónima. Evidentemen­te, labradores, leñadores, etc. han sido y siguen siendo víctimas de la injusticia y de la ignorancia, pero en ellos bullen pasiones en las que radica su fuerza. Esto es lo que intento expresar, repito, sin ningún tipo de retórica, en mis fotografías". Partiendo de estos principios y de estas ideas, las obras de Merisio no pueden ser, y de hecho no son, decorativas, expresionistas, surrealistas o abstractas, ni mucho menos literarias. Esto queda confirmado en sus trabajos sobre los campesinos y también en la serie de­dicada a las diferentes regiones italianas: Lombardía, Umbría, Apulia o Sicilia. En estas obras Merisio no inventa ni suaviza la realidad. Más bien escoge y define los sujetos llevando a la imagen el espíritu original de la persona o el objeto al que fotografía y manteniéndolo en ella. Sus imágenes de Florencia o de Siena son características: no hay en ellas ningún rasgo de otra ciudad. No sigue fórmulas ni esquemas; se limita a dejarse guiar por la razón interior, por un ritmo no exclusivamente visual que siem­pre es personal y meditado: es una fuerza ocular, una presencia etérea aunque palpa­ble, que no es patrimonio personal del autor.

Sin embargo, no quisiera hacer aparecer a Merisio como un erudito de la imagen, como un místico seguidor de la tradición o como un profeta de la ecología y la agri­mensura. Le he oído también decir: "Al hacer una fotografía no intento encontrar nada; no razono, aunque tal vez haya reflexionado sobre ella con anterioridad". Como fotógrafo y como persona, Merisio conoce sus límites en cualquier situación, y tal vez por ello es siempre fiel a su estilo. De haber sido un "aprovechador" de momentos y ambientes, no hubiera tenido dificultad en cambiar sus pautas. Sin embargo, ni siquiera en la época en la que siguió en sus viajes al Papa Pablo VI se produjo ningún cambio. Quizás en aquellos momentos deseó con mayor intensidad permanecer fiel a sí mismo buscando en aquel ambiente solemne y venerable una confirmación de su ideario personal.

En una perfecta narración fotográfica con connotaciones de estilo románico, apreciables especialmente en las imágenes de unos campesinos que recuerdan a estatuas solemnes y hieráticas, Merisio crea un poema vivaz a la vez que descarnado. Es la crónica legendaria y escueta de un mundo que se disgrega: imágenes de praderas y conventos, de plazas y de pequeñas aldeas suspendidas de las rocas, de mujeres que van al mercado y de obreros que se dirigen al trabajo entre brumas; imágenes de caballos y jinetes en el Palio de Siena o de las grandes multitudes de las capillas de Sacri Monti en las que bullen beatos implorantes y soldados maldicientes.

El sentido de esta narración lo concreta el propio Merisio: "En el relato fotográfico no es tan importante describir un acontecimiento mediante una sucesión de imágenes como establecer sólidamente el tempo que determina la totalidad del suceso. La foto­grafía no es un hecho fílmico, no representa la continuidad del movimiento sino imá­genes conclusas, Si se examinan con detenimiento los reportajes considerados como clásicos se observa que, aunque se traten argumentos triviales, el autor siempre mantiene al margen de cualquier tendencia cinematográfica. Recuerdo, por ejemplo una admirable serie de fotografías de Kryn Taconis sobre la catástrofe de Marcinelles (Bienal de Venecia de 1957), en las que no existía la menor traza de sensacionalismo. En la ropa de los mineros muertos colgada de las perchas, en los centenares de n nos aferradas a la techumbre de la mina se reflejaban la ausencia fatal de los mineros sepultados y la angustiosa espera de noticias. Son ejemplos como éste lo que debería tenerse en cuenta. No en su forma externa sino como modelo en la búsqueda elementos estructurales que den autenticidad a los métodos de narración fotográfica. Otro argumento que da peso específico a las fotografías de Merisio es la relación vinculante de su trabajo con la forma de crear de algunos pintores de los siglos XIV y J desde Si mane Martini a Masaccio. Estos artistas, aunque a veces se dedicaron al estudio de los marfiles orientales o de la pintura centroeuropea, realizaron sus obras maestras con la mirada puesta en su tierra natal. Reprodujeron así el rostro de la amada o del amigo en la "Madonna" o en el apóstol, y en las admirables storiette plasmaron, junto a diablos y angelotes, las callejuelas y los tejados que veían desde sus tal] res. Con esta remembranza quiero poner de manifiesto la fidelidad de Merisio a sus orígenes y a su pueblo natal. Hayamos nacido en Siena o en Bérgamo, tenemos permanecer ligados al lugar donde vimos por primera vez la luz. Estando en tierra extraña también es necesario recordar el propio país aunque sólo sea mediante el e lar, como desde París hiciera Modigliani. A este respecto no se admiten divagaciones, deformaciones, apremios ni lábiles ternuras.

Aunque según Merisio una sola fotografía nunca puede por sí sola llegar a ser una obra maestra, cualquiera de sus imágenes dice mucho más que estas notas, en las que he evitado, intencionadamente, comentarios sobre geometría, teorías técnicas y cuestiones similares. Aunque el mismísimo Piero della Francesca hiciera una disquisición sobre perspectivas y formas geométricas, son temas estos que no me resultan en al soluto atractivos.

Tuve la suerte de trabajar con Pepi Merisio en la introducción a Il cantica dell'Umbria y pude percibir la autenticidad y profundidad de sus fotografías. A mi regreso a Umbría, descubrí lo poco que había captado hasta entonces de aquel paisaje, de aquellas plazas en las que Merisio deja sentir la presencia humana aun cuando estén vacías, d sus santos y de sus campos. Al volver a Asís o a Spello después de terminar el libro sentí que amaba aquellos lugares de una forma nueva. Por ello creo que con las imágenes de este libro puede descubrirse la verdad de las cosas y, sobre todo, su pan luminosa y suprema: la belleza.

Etiquetas: fotografos, maestros
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