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Fotógrafo Marc Riboud

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Fotógrafo Marc Riboud:

La cualidad sobresaliente v específica de este hombre es su enorme disponibilidad para los más intensos sentimientos de amistad: amistades duraderas en el tiempo y en el espacio, caracterizadas por la fidelidad, la perseverancia y la generosidad. Esos sentimientos se vuelcan sobre personas, proyec­tos y lugares, y se expresan en términos románticos y caballerescos.

Para poder escri­bir sobre Marc Riboud, he analizado atentamente la historia de nuestra amistad, que casi posee el sabor de un compromiso. Ordenando nuestra correspondencia, he re­cordado que aquélla se inició coincidiendo con mi primera visita a su pequeña vi­vienda de la rue de Vaugirard, en 1964.

Por aquellas fechas comenzamos a seleccionar sus fotografías para una monografía destinada a publicarse en Praga v a discutir la preparación de un volumen sobre la Magnum que también iba a editarse en la capital checoslovaca.

Pero la vida no siempre nos permite realizar nuestros deseos y proyec­tos: los acontecimientos, en efecto, modificaron profundamente el curso de las cosas. No sé si este cambio influyó positiva o negativamente en nuestra existencia; pero creo que, con el correr del tiempo, los valores auténticos y esenciales adquieren mayor re­lieve y, a pesar de las dificultades, afloran a la superficie después de haber perdido, en cierto sentido, todo lo que tienen de efímero y contingente.

Yo tendía por natura­leza a dar largas a las situaciones y las decisiones: las opciones fundamentales nos son impuestas, en cualquier caso, por la realidad misma y por los acontecimientos.

Pero las personas y las cosas que más hondamente influían en mi corazón y en mi mente seguían siempre presentes y vivas en mi existencia e incluso adquirían con el paso del tiempo contornos más definidos, yo diría que una configuración más precisa. Y todo lo que es verdaderamente importante acaba por imponerse y concretarse Mantuve con Marc Riboud una copiosa correspondencia.

Citaré algunos fragmentos de esas cartas. El esquema de nuestra amistad probablemente coincidirá con el de to­das las amistades y contactos que Riboud tuvo con países, ciudades, acontecimientos y personas; sus relaciones se enriquecen y maduran con el ritmo repetitivo de los re­tornos reiterados. "Qué dulces son los frutos de otoño", decía en agosto de 1982.

Yo veía a Marc Riboud simplemente como un amigo, sin preocuparme de elaborar una síntesis de su obra ni de considerar sus fotografías como una realidad orgánica y sintética. Fascinada por sus apasionados relatos sobre las vicisitudes de los diversos regímenes políticos en diferentes países, sobre logros conseguidos por personajes que eran amigos o conocidos nuestros; nos unían las alegrías y los pequeños dramas familiares, pero nos embarcábamos también en interminables discusiones sobre la fo­tografía, sobre su contenido ético y sobre el mensaje que debía transmitir al mundo.

La riqueza humana del universo que rodeaba a aquel hombre invadía literalmente mi fantasía y todo mi mundo imaginario.

Pero su extraordinario altruismo y su constante y apasionado interés por los demás prevalecían en cierto sentido sobre su individualidad, haciendo olvidar casi su fuerte personalidad, su estilo de vida, su obra fotográfica, sus actitudes v su concepción del mundo.

Me sentía personalmente fascinada por aquel hombre siempre inmerso en una actividad febril, encaminada a la conquista de nuevas verdades, nunca indiferente, siempre atento y curioso, participando en profundidad y comprometiéndose en los hechos más dramáticos, presente en todos los puntos neurálgicos del mundo actual, para reelaborar todas estas experiencias y comunicarlas a través de su obra, dejando en segundo plano su propia subjetividad.

En el mundo de la fotografía suele darse un verdadero culto del artista, culto que Ri­boud detestó siempre. "En este sentido -afirmaba en 1980- la fotografía viene a ser un instrumento para la conquista del prestigio personal, un medio para expresar la propia y supuesta inspiración artística, totalmente subjetiva, y se agota en una espiral de entrevistas y de críticas que, enmascarándose bajo la apariencia de una pseudocultu­ra, a menudo caen en la trampa de la moda y del peor consumismo."

Riboud aparecía a veces casi neuróticamente disperso y yo me dejaba llevar de las apariencias por falta de suficiente atención. Su personaje se desvanecía; pero, bajo el caos aparente y detrás de su locura racional, en realidad elaboraba y llevaba a feliz término muchos e importantes proyectos.

Los dos dejamos pasar mucho tiempo, en el curso del cual se desarrollaba nuestra vida familiar y afectiva y tenían lugar aconteci­mientos políticos, reveses y catástrofes: en suma, la historia del presente. Pero e! tiem­po de la historia transcurre con un ritmo muy diferente al de la vida personal, y la tragedia de nuestras vidas se sitúa a veces en este intervalo.

Ambos vivíamos en los lados opuestos de esta especie de campo de batalla ideal que es Europa, dividida en dos por una barrera absurda: dos áreas donde las reglas de juego difieren profunda­mente, pero parecen fijadas de modo definitivo, y donde la distensión y la tensión pa­recen estar determinadas por los sobresaltos de! propio mundo. Pero la amistad no se deja condicionar por estos obstáculos.

"Hay que impedir que el tiempo, la lejanía, las fronteras (pero, ¿qué fronteras?) se in­filtren en nuestras relaciones: la monotonía de la vida cotidiana es mucho más difícil de vivir que los momentos dramáticos y decisivos, El único verdadero drama es el olvido, la rutina de los días que se suceden monótonos. “He estudiado el mapa y he observado que, al dirigirme a Varsovia, no necesito desviarme demasiado para pasar por Praga", escribía Riboud el 14 de septiembre de 1980.

Riboud se ha apasionado siempre por las causas que considera justas, y estuvo .siem­pre muy atento a los problemas cruciales de nuestra época: "Si alguna vez nuestro tra­bajo puede intuir en la realidad, es precisamente en una época como la nuestra que exige la función del testimonio como algo esencial".

Esta apasionada participación en los destinos del mundo y de los pueblos es una ca­racterística constante de su personalidad. "Estoy cada vez más afligido -afirmaba en 1967- por los trágicos acontecimientos del Vietnam; es la misma clase de aflicción que me provocaron los sucesos de Budapest y de Oradour.

Pero constato con doloro­so estupor que muchos se muestran absolutamente indiferentes a todo..." "El mundo constituye para Riboud una entidad unitaria, inseparable. "Lo que está ocurriendo es­tos meses en China --escribía en 1967- no .siempre es fácil de compartir y de imitar; pero lo más sorprendente, casi hasta el punto de causar pánico, es el abismo, cada día más ancho y profundo, entre lo que se está construyendo allí y el resto del mundo,"

Ha habido períodos, sin embargo, en los cuales el diálogo era oficialmente posible aun entre mundos diversos. "Quedé muy sorprendido -escribía también en 1967- al ver que un periódico checo reproducía mi artículo publicado en Le Monde. Lo escribí profundamente condicionado por la intensa impresión que me había causado una breve visita que hice a un portaaviones norteamericano."

Recurre a veces a la escritura porque le gusta clarificar algunas situaciones mediante la descripción literaria y el recurso a las citas. "Me complace que hayas leído el texto que escribí para el catálogo de una exposición de pintura; me divertí escribiéndolo; me gusta abandonar de cuando en cuando la fotografía para emprender algo distinto; es casi como hacer novillos. Pero sigo tomando un número increíble de fotografías", escribía e! 20 de septiembre de 1982.

Así pues, Marc Riboud define su personalidad sirviéndose de diversos procedimien­tos: citas, artículos, libros, cartas, Pero también, y sobre todo, mediante sus relaciones con los demás, dando el primer paso.

Comparte, en fin, con los amigos y familiares todas las iniciativas y actividades que le interesan profundamente; suscita simpatía y afecto, y estimula a la acción. Como decía acertadamente Agathe Gaillard con ocasión de una exposición que organicé el año pasado en Checoslovaquia: "Marc Riboud, que se mueve a sus anchas en el mundo mágico de las ideas extravagantes, nos convenció a Henry Cartier-Bresson, a Martine Franck, a Sue Davis, a Christian Caujolle, a Hervé Guibert y a mí para visitar, a cien kilómetros de Praga, la exposición 9 + 9 que Anna Farova había organizado con dieciocho fotógrafos".

Basta una palabra, un signo, un gesto apenas esbozado para que Marc Riboud respon­da, reaccione, actúe con un entusiasmo pleno y renovado. "Lo único que cuenta es el amor a la verdad", afirmaba el 16 de junio de 1982. Y también: "He atravesado un pe­ríodo particularmente difícil.. problemas familiares, divorcio, separación de Mag­num" y todos estos avatares se insertan y a veces se entrelazan con su trabajo y con sus intereses, que permanecen siempre vivos y se manifiestan con la misma intensi­dad en la sucesión ininterrumpida de los viajes, de los compromisos profesionales, de nuevas temáticas: "Estoy realizando un viaje muy interesante -escribía el 1 '5 de febre­ro de 196'5- y trabajo intensamente. Hay una luz espléndida y tengo excelentes cola­boradores".

"Parto para Nueva York, donde pasaré dos semanas y, tras una breve es­tancia en París, saldré inmediatamente para Moscú, donde efectuaré un trabajo foto­gráfico con ocasión de los actos conmemorativos del cincuentenario de la Revolución.

De regreso a París, tengo comprometido un trabajo fotográfico dentro del país", escri­bía el 28 de septiembre de 1967. Y ya en 1982: "Nos casamos mañana, con gran discreción y sencillez; en este momento feliz, mi pensamiento y el de Catalina se dirigen a nuestros más queridos amigos. Pero la mejor noticia es que Catalina está de nuevo embarazada ... ". La vida, como de costumbre, transcurre en un vaivén de alegría y de angustias.

Política, sucesos de actualidad, afectos familiares, viajes, hijos, esposas, amigos, opinio­nes compartidas y divergentes se combinan con su constante tendencia a la actividad, muy bien descrita por su hijo. El 12 de mayo de 1982, Marc me envía unas líneas: "Un terna desarrollado en clase por Alexis al comienzo del año.

Es divertido ver cómo nos juzgan nuestros hijos. Estoy muy orgulloso, naturalmente ... ". Alexis escribe: "Es un hombre de talla normal, andar enérgico, gafas asentadas en una gran nariz, cara de intelectual; muy inteligente, pero siempre distraído. Cultivador apasionado de la foto­grafía, gran aficionado a la música clásica y a la pintura. Siente verdadera pasión por la. fotografía, cosa natural en un fotógrafo.

Le gusta reír, hablar, discutir los' aconteci­mientos de actualidad y de política. La vida nocturna, en cambio, le deja totalmente indiferente; por la tarde, prefiere quedarse en casa. Después de la fotografía, es el timbre del teléfono lo que preside su vida: lo usa constantemente, pero habla poco, evitando las frases demasiado largas y farragosas. Posee un lenguaje conciso y directo y un temperamento práctico que facilita su trabajo.

Cuando debe salir para realizar un trabajo fotográfico, inicia unos preparativos minuciosos y ... agitados. Prepara las pelí­culas, los aparatos fotográficos y la ropa en el último momento ... Cuando vuelve de un viaje, cuenta anécdotas y habla de sus encuentros con personas y situaciones; pero ai1ade siempre un toque de ironía que provoca la sonrisa y un auténtico regocijo en el oyente. Cuando evoca sus viajes y las aventuras en las que fue protagonista o espec­tador, comunica con gran eficacia sus emociones y su apasionado amor a la vida"; 20 de octubre de 1981.

Pero Riboud se ve a sí mismo y a su labor de fotógrafo con ironía autocrítica y con mucha seriedad al mismo tiempo. "A pesar de los visores, los proyectores y otros ele­mentos técnicos, convendría que los fotógrafos no nos tomásemos demasiado en se rio ... Fotografiar es muy fácil; saber mirar y ver es mucho más difícil, porque no se trata de un reflejo condicionado, sino que es fruto de un trabajo serio de aprendizaje.


Etiquetas: maestros
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