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Fotógrafo Manuel Alvarez Bravo: MENSAJE, Y NO DOCUMENTO Se desprende de sus fotografías una profunda y delicada poesía, una ironía sutil y desesperada, como esas partículas que, suspendidas en el aire, hacen visible el rayo de luz que penetra en una habitación sumergida en la oscuridad. Diego Rivera, un gran artista lleno de sensibilidad, encontró la comparación perfecta para definir el sentido único e irrepetible del trabajo de Manuel Álvarez Bravo. La habitación sumergida en la tiniebla custodia todo el secreto de sus objetos. El polvillo suspendido en el aire da cuerpo y vida al rayo de luz. Así es la fotografía de Álvarez Bravo: la realidad exterior se encuentra sumergida en las tinieblas de nuestra ceguera. En nuestra inmensa presunción creemos que conocemos y sabemos. Pero sólo a través del rayo de luz de su inteligente capacidad de ver y reconocer, y sólo a través del diafragma de su cámara fotográfica, comprendemos el sentido de la "habitación sumergida en la oscuridad". Distinguimos un objeto del otro, y los objetos son el medio del que se vale para transmitimos sus sentimientos y emociones, el significado verdadero y último de nuestra existencia en el mundo concreto. Las imágenes de Álvarez Bravo, en toda la historia de la fotografía moderna, son la metáfora de algo que nos pertenece en lo más profundo de nuestra realidad. Considerar sus fotografías -como ocurre a menudo- como la descripción de un país, México, es como una obligación que nos imponemos, y que no hace sino evidenciar una incapacidad estructural para recibir los mensajes que nos transmiten. La realidad de Álvarez Bravo, su país y su gente, es la arcilla que él tiene entre las manos para conseguir valores que van más allá del dato etnográfico y de la circunscripción geográfica. El límite de la fotografía -y al mismo tiempo su carácter específico- es que no puede abstraerse del mundo concreto, incluso y cuando se convierte en pura representación abstracta. La selección inicial corresponde al fotógrafo, quien describe o interpreta conforme a su propia actitud mental y sus particulares necesidades creativas. Una tierra y un pueblo, un momento pasajero en el escenario de la vida impresos en papel fotográfico pueden perder cualquier connotación descriptiva cuando la intención y la sensibilidad del autor tienden a la búsqueda expresiva. Es justamente entonces cuando el tema principal de la fotografía se convierte en el medio inevitable para narrar otras historias y en un símbolo de significados más complejos. Así es precisamente como debemos mirar las fotografías de Manuel Álvarez Bravo: olvidando el seductor encanto de su superficie, completamente exótica para nosotros, y entrando en el universo de la transmisión alusiva de sus mensajes. Es un hombre que ha escogido la fotografía para investigar, no para describir. Los grandes interrogantes que nos planteamos, y que muy a menudo tratamos de relegar en la cámara oscura de nuestras preguntas sin respuesta, son los nudos que Álvarez Bravo trata de deshacer mirando hacia el interior de una realidad inquietante. Álvarez Bravo, como gran artista que es, tiene el valor de ver hasta el fondo y filtrar con lúcido conocimiento todo aquello que pone en peligro nuestros precarios equilibrios. Mira hacia dentro del mundo. El retrato más gráfico y representativo de "lo que es" Manuel Álvarez Bravo lo constituye el dibujo de Rogelio Naranjo. Largos cabellos, un rostro curioso y atento, la cámara fotográfica en la mano y una mirada que se adentra en el interior de un globo terráqueo. Naranjo expresa aquí el sentido que da Álvarez Bravo a su trabajo fotográfico. Nuestro autor escribe: ''La invención de la fotografía es el resultado del esfuerzo que el hombre ha realizado durante siglos, y que seguirá realizando, para perfeccionar su 'imagen y semejanza' y la del marco en el que se desenvuelve. El resultado final de las variaciones implícitas en la interacción de dichos elementos -el hombre y su marco- es extremadamente complejo. Esta complejidad implica no sólo diversidad de representaciones técnicas, sino, sobre todo, una visión siempre variable, siempre consciente de los cambiantes reflejos de la fenomenología resultante". No es un fotógrafo de lo indígena, como muchos querrían, de un país y pueblo determinados, sino "indígena" de la tierra, capaz de comprender los valores, los fracasos, las esperanzas, los sacrificios, la eterna lucha personal y universal del hombre con el hombre, del hombre con su entorno. "¿No dejaré acaso algo de mí en esta tierra?", se pregunta el poeta azteca. Desde hace milenios, lo que data la historia del hombre, esta pregunta-preocupación es el detonante de nuestras ideas preconcebidas. Al artista le corresponde la tarea de contestamos y damos la solución, con todo el dolor y la conmoción que conlleva. El fotógrafo creativo, que emplea un medio rápido e incisivo, en el que los márgenes de interpretación se reducen a un mínimo insignificante, tiene la grave obligación de comparamos con nosotros mismos y nuestra realidad. Realidad que, a veces, tiene la grandeza de una epopeya heroica y otras la aparente nadería de un vivir el devenir cotidiano, importantísimo y fundamental. Este es todo el trabajo de Álvarez Bravo: representación superficial (objetos y personajes de historia común y corriente) y grandiosidad de mensaje. La contradicción, por supuesto desconcertante, entre imagen y concepto, está en la misma esencia de la alta calidad de su expresión artística, lo que constituye también una profunda enseñanza filosófica y operativa: en cualquier parte y en cualquier momento es posible encontrar el "objeto" que más se adecue a la representación del significado, siempre y cuando este significado exista previamente en el interior del individuo. La refinada hipersensibilidad de Manuel Álvarez Bravo, su intelecto lúcido y riguroso, su espíritu vibrante por todo tipo de inquietud, incluso por una inquietud apenas vislumbrada, le permiten crear imágenes definitivas para narrar las huellas que dejaron nuestros pasos. Raras veces en la historia de la fotografía se ha conseguido una obra de tal dimensión. El tiempo no ha influido para nada en este artista extraordinario: una línea ideal de continuidad une sus imágenes de tal modo que es imposible situarlas en orden cronológico (mejor aún, completamente inútil). Sus fotografías, tanto las creadas hace muchos años como las de épocas recientes, poseen la misma unidad de estilo, el mismo rigor técnico, los mismos valores formales y conceptuales. La imposibilidad de determinar el momento en que se ha tomado la imagen otorga a la fotografía el sabor de lo milagroso. Pero la fotografía, vinculada tan estrechamente a la realidad inmediata, denuncia irremisiblemente su propia edad. Los vestidos, el ambiente, incluso los tipos físicos cambian con bastante rapidez, y es esa permanente mutación la que permite fechar una imagen fotográfica. Las obras de Álvarez Bravo, precisamente porque son mensajes y no documentos, no acusan la fugacidad temporal y, menos aún, son susceptibles de ser reconocidas mediante estilos y modas. Desde sus lejanos comienzos en los años veinte, Álvarez Bravo permaneció siempre fiel a sí mismo y a su propia original inspiración creativa, revestido de una característica formal que constituye el denominador común de todo su trabajo: la sencillez. La imagen está construida con muy pocos elementos, todos ellos básicos e insustituibles, que confluyen para formar una composición perfecta, perfección conseguida a través de la búsqueda de detalles minuciosos, cada uno de los cuales se integran armónicamente con los demás y los pone de manifiesto. Imágenes de violento impacto visual y emocional que narran historias trágicas y dolorosas, se entrelazan con otras de un abandonado ensueño; relaciones ambiguas y desconcertantes entre los objetos definen la irrealidad que se insinúa siempre en nuestro pretendido mundo de un orden preestablecido; retratos increíbles de una cálida sensualidad se contraponen, en una relación dialéctica, a la humildad de los pequeños gestos repetidos e idénticos a sí mismos; amplias extensiones de mares y campos que se pierden en el horizonte contrastan con primeros planos de rocas y muros; la muerte no es más que dulce de azúcar y explosión cromática de flores carnales; escenas de vida real, improbables en su surrealismo, son objeto de reflexión irónica; y el erotismo se plasma a veces en apuntes racionales y distantes o se ve influido por sutiles correlaciones de estímulos. Por su delicada humanidad, Álvarez Bravo no transmite los signos del hombre, los costosos monumentos y las grandes empresas, porque sirven para escribir una historia enajenada y distante, en la que no nos reconocemos más que a través de sorpresas y admiraciones. Transmite el aspecto cotidiano de una vivencia común y de una realidad que varía muy poco bajo cualquier cielo. En definitiva, ¿qué importa si las campesinas venden la fruta en el mercado de un pueblo mexicano o si el maguey, el ágave, no forma parte integrante de todos los paisajes del planeta? Lo importante, lo que a todos nos interesa, es el "sentido" que recogen las imágenes; el tema elegido previamente es sólo un trámite, necesario e inevitable, para conseguir la comunicación. Así se comprende por qué Manuel Álvarez Bravo no es un fotógrafo "temático". De hecho, nunca ha dado más importancia a un campo de investigación específico que a otros ni se caracteriza tampoco por sus preferencias al escoger los temas: paisajes, desnudos, periodismo gráfico... Todos los temas son el objeto de su representación y todos se unifican en una gran investigación "sobre la humanidad y la vida". La humanidad y la vida se expresan en cada minúscula partícula de nuestro contexto terrenal con tal diversidad de signos y situaciones que es imposible llegar a una conclusión. Su esfuerzo por ofrecer una respuesta plausible a los eternos enigmas del hombre es, en último análisis, la finalidad de la existencia de Manuel Álvarez Bravo y de su compromiso ético. El medio elegido para solucionar el problema de la comunicación del propio pensamiento y los descubrimientos consiguientes responde a necesidades de naturaleza filosófica bastante complejas. La fotografía, por su característica específica de instrumento técnico para crear obras de arte, es el medio que mejor permite un distanciamiento entre momento creativo y realización y, al mismo tiempo, una rápida conexión entre esos dos polos -de la expresión. En otras palabras, el tiempo que media entre la idea y la representación es tan insignificantemente breve que casi puede considerarse nulo. Antes de dedicarse a la fotografía, Álvarez Bravo estudió en su primera juventud literatura, música y pintura. Su necesidad de escoger un medio "artístico", además de constituir una opción personal, adentra sus raíces en el pensamiento del antiguo México. La búsqueda de la "verdad", término que en lengua náhuatl significa también "raíz y cimiento" del hombre, orientó el pensamiento de los estudiosos en direcciones completamente originales e incluso excluyentes, hasta el punto de formular la teoría de "la flor y el canto". "Flor y canto", más allá del significado literal, definen la expresión artística, la única capaz de proyectar al hombre fuera de sí mismo y acercarlo a la "verdad" mediante el símbolo y la metáfora. La reflexión profunda sobre todo lo hermoso y bueno que existe sobre la tierra (las flores y la poesía, las plumas del quetzal, las obras de arte y las doradas panochas de maíz, el rostro y el corazón de los amigos) conduce fatalmente al filósofo nabua a investigar en los enigmas eternos de la existencia para llegar a la conclusión de que todo está sometido "al cambio y al final". Inestabilidad, pues, de lo que existe e inevitable término que para el hombre viene representado por la muerte. El arte, "flor y canto", puede ayudar al hombre a superar la angustia de la inestabilidad y de la muerte. No sorprende, por tanto, que Álvarez Bravo encamine su investigación sobre la humanidad y la vida alcanzando momentos de alto valor estético; la belleza transmitida por el arte es la única solución posible para nuestro equilibrio interno. Incluso la muerte pierde las connotaciones de horror y miedo y de rechazo consciente, convirtiéndose además en un pretexto para expresar capacidad artística. Por otra parte, la vida es sólo un sueño y "flor y canto" es el único significado que posee; el arte es también una huella que dejamos. La muerte nos conduce a un reino desconocido, reino que es sin embargo la realidad. De aquí se deriva el deseo de despojar a la muerte de toda connotación dramática y que incluso se revista a veces de expresiones lúdicas e irónicas. La herencia del pensamiento del antiguo México es todavía más fuerte que el injerto de una concepción católica que promete el reino de los cielos tras una vida real. Las imágenes de Álvarez Bravo nos conducen con insistencia a simbolismos sutiles sobre el sueño, la muerte y la irrealidad del mundo concreto; contenidos, estos, que han inducido a más de un autor a definir su obra como surrealista. Pero el auténtico surrealismo de Álvarez Bravo no está, por supuesto, en unas imágenes que responden a la necesidad de transmitir mensajes de valor más general; son sus títulos los que lo ponen de manifiesto. Quizás es su caso el único en el que la didascalia no es redundante o inútil, ni tampoco indispensable para comprender un significado que la imagen por sí sola no está en condiciones de expresar dada su debilidad visual. La frase con la que acompaña a la imagen es totalmente autónoma y posee un profundo sabor literario: es casi un penetrante e intenso poema. Su función es la de ampliar aún las implicaciones metafóricas. Es una sugerencia, apenas susurrada, que nos indica nuevas y fantásticas interpretaciones concediéndonos todas las libertades posibles para hacer que la representación pueda ser aún más personal e íntima. A menudo, de la combinación fotografía-didascalia se transluce una sonrisa irónica, una especie de amable desafío a nuestra inteligencia y sensibilidad. Otras veces se insinúa un refinado lirismo que nos conduce al universo intangible de la belleza ideal: es a nosotros a quienes corresponde construir o recuperar los recursos internos para apropiamos de él. Así pues, toda su obra es la manifestación evidente de un hombre que no se deja atrapar por fáciles y obvios reclamos visuales y emocionales. Sabe penetrar en la <'otra" esencia de las cosas y de las situaciones, en el descubrimiento de esa verdad -raíz y cimiento- que escapa a una reflexión superficial. Pero todavía más extraordinarias son las modalidades a través de las cuales recibimos la relación apariencia/contenido, la fotografía de Manuel Álvarez Bravo se mueve, de hecho, entre dos instancias consideradas por lo general incompatibles: racionalidad y emotividad. La mente lúcida y atenta aísla en la complejidad de los estímulos visuales al sujeto-trámite de la comunicación y lo organiza en la perfección formal. La participación espontánea e instintiva enriquece la imagen con todos aquellos elementos cambiantes que crean la emoción. Nos vemos implicados, entonces, con la totalidad de nuestro ser en un juego de implicaciones racionales y emotivas ante las que no es posible la huida. La imagen se muestra así como una protagonista victoriosa, pese a nosotros mismos. Durante el tiempo que la contemplamos -unos pocos segundos o largos minutos- habrá puesto en movimiento nuestra capacidad perceptiva y alzado el velo de nuestros deseos olvidados. Se produce de ese modo la admirable y rara abstracción de los elementos concretos de la representación, elementos que asumimos así como símbolos adaptable s a cada uno de nosotros.
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