Miércoles - 23.Mayo.2012

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Fotógrafo Lucien Clergue

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Fotógrafo Lucien Clergue:

CLERGUE O LOS ESPEJOS ENTORNADOS

La solución más sencilla sería empezar así: Lu­cien Clergue nació en Arlés, el 14 de agosto de 1934. Se podría contar su vida como si se estuviese hojeando un álbum de fotos familiar, escribiendo fechas, haciendo co­mentarios, imitando a los hagiógrafos.

Pero hay un pequeño detalle... Si Clergue corresponde exactamente a la concisa defi­nición que de él hizo Cocteau: "Lucien CLERGUE, excelente fotógrafo", ello nos lleva­ría hasta otra dimensión, algo sin nada que ver con un desarrollo cronológico, pero que, con otros medios, atrae la atención y nos encamina por los meandros de su obra. No existe una relación concreta con el tiempo que marcan los relojes y el espacio me­dido por los agrimensores. Esto es más adecuado para recordar los preciosos libros de horas de algún duque un tanto mecenas o para abismarse entre las estrellas. A pro­pósito, nos parece muy importante señalar que Clergue es miope. El miope observa los astros en muy pocas ocasiones, se conforma con visitarlos en sueños. Dicho sea entre nosotros, esa nebulosa en plena expansión que ostenta toda su luminosidad duerme sobre la playa de Arlés; esa cosmogonía, que se hunde completamente en un agujero negro, allá, en pleno corazón de las nubes de Magallanes, ha vivido, efímera, su despliegue de pocos metros sobre las playas del Pacífico.

Clergue es un alquimista que ha hecho suyo el precepto de la Tabla de Esmeralda:

"Lo que está arriba es igual que lo que está abajo". En lugar de dejarse la vista, que, por otra parte, no es muy aguda, observando lo que es infinitamente grande, se ha inclinado hacia lo minúsculo y ha recreado la inmensidad del mundo a partir de in­significancias. Picasso, que, con su vista de águila, había reconocido esta presa sucu­lenta, un creador de lo imaginario, pudo exclamar sin mentir: "¿Las fotografías de Lu­cien? ¡Son los álbumes del Señor!".

El Clergue de los años cincuenta no era todavía aquel ser solar y leonino que llegaría a ser más tarde. Era un pájaro, "el mirlo de Arlés", decía Cocteau; era demasiado del­gado, con el rostro hundido, el "pico" puntiagudo bajo unos ojos tristes. A decir, ver­dad, estaba consumido por las preocupaciones -su madre estaba muy enferma del co­razón- y por las renuncias; en definitiva, una existencia llena de contratiempos. Su pa­dre abandonó a la familia y el alarmante estado de salud de su madre le obligó a inte­rrumpir sus estudios para ganarse pronto la vida. En el fondo, Lucien era una especie de 'Jean le bleu". A diferencia de Giono, lo que le fascinaba y le daba vida no eran las palabras, sino los sonidos y las imágenes. Y soñaba. Era lo único que podía hacer. Con su violín de cuatro cuartos interpretaba malamente a Bach. Las dificultades le da­ban ánimos, la inasequible chacona (antiguo deseo intentado varias veces... lo excita­ba y lo abatía. La violencia que había surgido en él a causa de todas las frustraciones sufridas lo empujaba hacia adelante, a grandes pasos. Con su rudimentaria "máquina" al cuello y unos pocos metros de película en los bolsillos recorría las márgenes del Ródano. Lejos de las cifras, de las salchichas de papel de plata y de los quesos que lo disgustaban, lejos de la tienda en la que trabajaba, el pequeño Clergue iba en busca de su Grial. Y de repente se disparó un resorte. En todos los sentidos. El miedo a la muerte y la terrorífica sensación de que habría de enfrentarse con ella algún día -su madre estaba cada vez peor- lo invadían: ante sus ojos el río arrastraba el "siniestro cargamento" de carroña. Clergue realizaba sus primeras fotografías. Nos imaginamos a ese gato, con aquel pelaje tan liso, que ninguna mano humana hubiera acariciado igual; el pescado, cuidadosamente troceado por los tenedores de la muerte; el fla­menco petrificado en su baile.

Alentado por su Némesis, Clergue realizó exorcismos, pero luego sintió unos deseos irrefrenables de ver correr la vida; después de todo no tenía más que dieciocho años... Debía encontrar el equilibrio entre su realidad contingente y sus aspiraciones. Todavía acusaba la influencia del colegio, al que asistió hasta el momento en que tuvo que ponerse a trabajar diez horas seguidas bajo las vidrieras del León de Arlés. Como a todo el mundo, los dioses le favorecían un día sí y otro no, pero cuando le llegaba la buena ocasión se aferraba a ella, con gran tenacidad, ya que no podía permitirse el lujo de desaprovecharla. Yesos dioses-poetas le conquistaron con la Forma y con la Música de sus versos: Cocteau, Leiris, Larca, Picasso. De hecho, les encontramos en toda la temática "c1erguiana" de la época: Arlequín (1955), extraído de la serie Les Saltimbanques, es el pequeño arlequín de Picasso; los gitanos (1955) son el Romancero de Larca.

Clergue, poco a poco, adquiría conciencia de sus límites; sabía que era presa constan­te de sentimientos contradictorios, pero complementarios. Las aguas del río le ofre­cieron primero los despojos, ahora lo conducían hacia el delta, muy pronto lo enca­minarían al mar. Por el momento ignoraba lo que nacería de esas agua" distintas... Ve­nus anadiomene, naturalmente.

En principio era una Venus pacífica y rolliza, como una matrona, a quien las densas aguas hacen aún más lenta, agua" casi fluviales; la pobre está más próxima a ahogarse que a nacer. Los amigos de Clergue le hicieron comprender que esos cuerpos blan­cos, inertes, casi deshechos, no poseían mucha más vida que la carroña. Y entonces llegó de repente la revelación: conmovido por todo lo que le habían dicho, se preci­pitó a las impetuosa" orilla", donde el Ródano y su pasado de torrente discurrían ha­cia alta mar. Más ágil, empujada por las olas, la Mujer se presentó al fin, mostró entre la espuma la piel aterida de frío y atrajo la mirada, conquistó la mente, hizo pensar en abrazos ardientes de los que nace el éxtasis carnal y el amor loco. Afrodita surgía triunfante de las olas. Clergue, precisamente en el momento en que perdía a su ma­dre y se encontraba tan cercano a la muerte, arrebató a la tierra un cuerpo vivo, cu­bierto de paños espumeantes como el deseo, un cuerpo reconciliado con la vida. Ahora ya podía pasar sin miedo de la exaltación de la carne a la fascinación de la muerte, de los desnudos junto al mar a los toros muertos.

Ahora el mirlo de Arlés brincaba de un lado para otro, siempre sobre sus sólidas pier­na" o sobre su "mobylette". Corría a los burladeros perseguido por las negras bestias que arrastraban sus hocicos heridos por la arena de los ruedos; se precipitaba, en los días de mistral, a las playas desiertas, llevando consigo a sus modelos hacia las aguas tempestuosas. Ellas podían estremecerse cuanto quisieran, a Clergue sólo le interesa­ban sus vientres redondos, sus anchas caderas, sus senos y sus muslos nutricios. Mu­cho más tarde se permitiría el exceso longilíneo de ciertos cuerpos casi etéreos que simbolizaban el empuje y la danza del viento con sus miembros casi raquíticos. Pero I por el momento esas venus recias estaban ahí, a la intemperie, como sólidas amantes que lo ayudasen a olvidar lo negro de la vida.

Eso que los demás llaman "fortuna" lo rozó un poco más de cerca. No era el único al que le gustaban los toros de lidia. También Cocteau, Picasso, Leiris tenían "sus" mino­tauros para enfrentarlos con el destino. Y fueron precisamente a Arlés para asistir al asesinato del laberinto. Lucien no era un hombre que esperase que la suerte se le vi­niera encima. Se lanzó en su primera aparición, dejó en el hotel donde descansaban la" dos celebridades presentes en la Feria sus fotografías de muerte y de madreperlas vivas. Tenía veintidós años, estaba solo -o casi- y necesitaba comparaciones que, final­mente, obtuvo. Tanto Cocteau como Picasso se sintieron interesados por aquel modo de expresión tan distinto del suyo y reconocieron en aquella" fotografías los disfraces metafísicos que también ellos habían realizado de distintas formas presentándolos con su "firma" personal.

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