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Fotógrafo Herni Cartier Bresson: Cuando me encuentro frente a Henri Cartier Bresson vuelvo con la memoria a los míticos años treinta en los que pude asistir, durante nuestros viajes por Europa y nuestros paseos por las calles de París, al nacimiento del fotógrafo más importante de los tiempos modernos que, dedicado a la pintura por aquel entonces, se abandonaba a un espontáneo impulso, a una especie de juego, de la misma forma en que otros se abandonaban a la poesía. Nunca pensó que esta actividad, a la sazón puramente lúdica, pudiese transformarse en una profesión que le proporcionara grandes beneficios: ambos éramos dos pequeño-burgueses apenas salidos de la adolescencia y alejados a duras penas de las férreas leyes de la "buena sociedad". La palabra carrera, o incluso la palabra trabajo, nos producía náuseas. Nuestras familias comenzaban a contemplar con aprensión aquella resistencia a cualquier forma de compromiso profesional consagrado por la tradición y, por ende, conformista. El tiempo pasaba. En Henri Cartier-Bresson pronto se produjo una cristalización que comenzó a transformarle en aquel hombre ardiente, impulsivo, enérgico y genial que, gracias a la fotografía, estaba destinado a ser uno de los más grandes fotografos de todos los tiempos. Habiendo sido prisionero de guerra en Alemania, participó en el movimiento clandestino de ayuda a los prisioneros y evadidos de los campos de concentración y en 1944 se unió al grupo de profesionales que fotografiaron la liberación de París. Más tarde viajó a Estados Unidos para supervisar la preparación de una exposición que había sido organizada como homenaje "póstumo" por el Museo de Arte Moderno de Nueva York, que lo creía desaparecido en acción de guerra. Esta exposición estaba complementada con una monografía que puede considerarse la primera publicación de cierta entidad dedicada al análisis de su obra. En aquella época Henri Cartier-Bresson descubrió por fin su vocación. Quisiera reseñar que en este caso el término "vocación" tiene un sentido, una dignidad y un peso específico mucho más significativo que los genéricos "carrera" o "empleo". Cartier Bresson es un verdadero fotógrafo: un fotógrafo anómalo, absolutamente distinto de los demás, por cuanto cada una de sus manifestaciones artísticas resulta por completo original. Cuando en 1952 la editorial Verve publicó su primer gran álbum de fotografías, con una portada realizada por Matisse, él escogió como definición de las imágenes y del texto de la obra un título intencionadamente modesto: Images a la sauvette (imágenes tomadas subrepticiamente, a hurtadillas). En realidad, por lo que yo sé, Cartier-Bresson no ha huido nunca de ningún lugar, excepto naturalmente de los campos de concentración. Es un hombre que afronta la realidad en toda su plenitud, sin tratar jamás de eludirla: asimila, como por azar, ciertos matices que al ser plasmados por su objetivo, adquieren una vigorosa fuerza testimonial. Como los héroes de los más bellos poemas de Apollinaire, Cartier-Bresson es un inspirado paseante, rápido en sus movimientos como el Guillaume de los versos, siempre en busca de una serie de imágenes reveladoras que puedan modificar la aparente banalidad de nuestro mundo para descubrir la más íntima y secreta realidad. Para ello hace uso de una considerable ironía tocada de un cierto matiz de crueldad, requisitos ambos imprescindibles para plasmar una representación intensa y plena de este universo y de los personajes que en él se mueven y, en ocasiones, bullen. Sobre esta primera fase de la obra de Cartier-Bresson se han escrito numerosos ensayos y tratados; por tanto me limitaré a subrayar que este artista no es, en absoluto, un esteta. Nunca se ha dedicado a la búsqueda de la imagen hermosa en sí misma. La belleza de la imagen es, para él, la revelación de un indefinible misterio, la intensa sugerencia de una visión fantástica de la realidad en la que lo trágico y lo cómico se confunden constantemente de la misma forma que, en literatura, sucede en las mejores narraciones de Hoffmann, Balzac, Kafka o Blanchot. En estas imágenes los rostros, auténticamente sorprendentes, encuentran en cierto modo su propia "justificación" en los objetos y los mórbidos ambientes que los rodean, tal y como sucede con las ventanillas en las que las prostitutas mexicanas muestran sus enormes senos y sus caras monstruosamente maquilladas. A partir de esta concepción de la imagen Henri Cartier-Bresson comenzó a realizar sus primeros retratos en los que fotografiaba el rostro y el cuerpo de personas que le interesaban por razones completamente ajenas a la específica y simple apreciación plástica. La importancia de este libro radica en que logra poner de relieve una vez más el hecho de que Cartier-Bresson, tanto en el retrato como en cualquier otro género, es un fotógrafo absolutamente distinto de los demás; la belleza de los rostros captados por su cámara es casi siempre dramática sin mostrar, por ejemplo, la elegancia de líneas característica de las damas, los artistas y los poetas reproducidos por el objetivo de Man Ray, por quien personalmente siento una profunda admiración. Todos los famosos personajes que fueron "capturados" por aquel pequeño aparato, del que Cartier-Bresson no se separaba jamás por aquel entonces, parecen encantados por un toque de varita mágica. Magnificados y exaltados por la cámara, parecen congelados como por un disparo durante un espacio de tiempo increíblemente largo, si no por toda la eternidad. Aunque es innegable la gratitud que sus modelos sienten hacia Cartier-Bresson por haberlos inmortalizado, los personajes del fotógrafo son también, en cierto modo, sus víctimas. Como en la obra de los grandes literatos a los que antes aludía, en el ojo y en el objetivo de Henri existe un indudable sadismo. Un sadismo análogo al de la pluma de su viejo amigo Mandiargues ... En sus retratos se palpa un cierto espíritu metafísico: todos sus personajes conocidos, parecen captados en un particular momento, revelador de su propio destino, que los mantiene suspendidos entre la angustia y la resignación. El que más profundamente me conmueve de todos ellos, tal vez mi preferido, es el retrato de los esposos JuliotCurie, en el que ambos aparecen con las manos entrelazadas, los rostros relajados y los ojos unidos, como por un hilo invisible, al objetivo del fotógrafo, en espera de un inexpresable, aunque ya presagiado futuro. Ni en los mejores cuadros de los maestros antiguos en los que aparece representado el Ángel de la Anunciación se aprecia una expresión de tan profunda y perturbadora inquietud. La actitud de François Mauriac, que también posa con las manos casi entrelazadas, parece más serena debido tal vez al respaldo del sólido sillón en el que descansa, aunque sus labios tensos y su mirada absorta y perdida revelan que el Ángel se ha posado también sobre él. Matisse intenta protegerse detrás de sus palomas y Pierre Bonnard, en su estudio, parece aceptar con humildad su magnífico destino. Pierre Colle, en su lecho de enfermo, esconde el rostro bajo la sábana frente a tres zapatos que se deslizan amenazantes por el pavimento: dos pertenecen al posible moribundo, el tercero al ángel unípodo... André Breton sonríe solitario y enigmático mientras juega con sus estatuillas africanas y polinesias: parece inalterado, intacto frente al objetivo revelador, tal y como corresponde a un personaje de su excepcional talento. Los retratos de Cartier-Bresson merecerían un análisis profundo y específico: son hechos extraordinarios tanto desde el punto de vista de su sentido intrínseco como desde el del significado específico, implicado por el soporte de la fotografía en blanco y negro. Un volumen dedicado a estos retratos es, sin duda, un excepcional acontecimiento. Observad los rostros de aquellos sobre los que tanto habéis oído hablar, penetrad en el fascinante mundo de la celebridad y del oscuro anonimato, tan efímeros ambos como la gloria y la condena. Es un consejo que me agradeceréis.
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