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Fotógrafo Eugène Atget: Murió a las dos de la tarde del 4 de agosto 1927, uno de esos días tórridos, escasos pero particularmente bochornosos, del verano parisino. El sepelio, en el cementerio de Bagneux, sería una ceremonia breve y sencilla; apenas una docena de personas le acompañarían a su última morada. Los funerales de un hombre pobre. Así concluyó la vida de Eugene Atget. ¿Qué nos mueve a iniciar la historia de un hombre empezando en el momento e muerte? El hecho de que, paradójicamente, es a partir de ese instante cuando, desaparecido el hombre, surge su leyenda. Jean Leroy; su biógrafo, ha escrito que el día en que murió Atget París estuvo de duelo sin saberlo. Se ha dicho también que la fotografía se vistió igualmente de luto riguroso esa jornada, pero que tampoco lo sabía. Quizá ni el mismo Atget supo, hasta su septuagésimo aniversario, que terminó aquel 4 de agosto, que él, Atget, era uno de los padres de la fotografía y que estaba encuadrado entre los más eminentes artistas del género. O tal vez no quiso saberlo, porque Atget hubiera deseado con toda alma que su triunfo y su mito tuviesen otros templos como lugar para su celebración y que fuera otra musa quien llorase su muerte; para su desesperación, no pudo conseguirlo. La historia de Eugene Atget es un extraordinario relato pleno de paradojas, mientras que la vida y la naturaleza profunda de este hombre siguen siendo en gran medie un misterio. Todavía no hace muchos años, el estudioso de la fotografía francesa podía asegurar que no era posible escribir más de veinte líneas sobre la vida de Eugene Atget. En la actualidad conocemos unos pocos hechos escuetos, algunos testimonios sobre su existencia (frecuentemente contradictorios entre sí, por otra parte), su carácter y su obra que, de cualquier modo y a menos que queramos limitarnos a las noticias sin más, ciertamente sólo permiten alargarse más allá de la veintena de líneas, aunque no demasiadas. Sin embargo, a esta escasez de noticias sobre el hombre se contrapone primera paradoja, la presencia de una obra imponente compuesta, sin lugar a dudas, por más de 8.000 fotografías, quizá muchas más, que algunos estudiosos han estudiado bastante, pero que está muy lejos de haber sido analizada a fondo y publicada sistemáticamente. Veamos, pues, como nace Eugene Atget el hombre, antes de entrar en el nacimiento del fotógrafo Atget. Nace el 12 de febrero de 1857 en Libourne, importante centro productor de vino de Burdeos. Su padre, Jean-Eugene Atget, contaba a la sazón 38 años y era cachero; su madre se llamaba Clara-Adeline Houllier. Poco, por no decir nada, se sabe de su infancia. Hubo que esperar hasta 1964 (año en que la fotógrafa norteamericana Berenice Abbott, que en tan gran medida contribuyó al conocimiento póstumo y a la justa valoración de la obra de Atget, publicó una carta escrita por André Calmettes 36 años antes) para descubrir que Atget se quedó huérfano no muy joven y fue confiado a un tío suyo ferroviario que, siendo niño todavía, se lo llevó a vivir a los suburbios parisinos y le puso a estudiar en un colegio de curas. No parece, sin embargo, que el joven Atget tuviera vocación por el sacerdocio. Su cabeza debía estar poblada de sueños de aventuras. Conocemos, siempre a través de Calmettes, que Atget se sintió atraído durante algún tiempo por la vida del marino y que se enroló como grumete. Cuenta Calmette que Atget sentía especial placer en relatar sus viajes por mar, travesías que acaso no pasaran de la primera, pues más adelante se descubrió que, no ya en calidad de marinero, sino como camarero a bordo de un buque en ruta hacia Uruguay, Atget hizo un sólo viaje del que se tenga noticia. Parece, más bien, que a medida que se fue haciendo mayor le gustaba engalanar las vicisitudes sufridas en su juventud, quizá para que le resultaran algo menos tristes de lo que fueron en realidad. Pero aunque Atget renunció pronto a la vida del mar, no hizo otro tanto con sus sueños. Los de gloria sustituyeron a los de aventura. La solución estaba en el teatro: se convertiría en un gran actor teatral. En 1879 se matriculó en el Conservatorio de Arte Dramático y siguió los cursos que impartía Got. Abandonó los estudios tres años más tarde sin dejar tras de sí huella alguna de su talento y empezó a ejercer su humilde oficio de actor. Parece ser que alardeaba de haber alcanzado grandes éxitos interpretando Robert Macaire en el teatro de la Cité, en París, y de que fue compañero de reparto de Lucien Guitry. Lastimosamente no queda constancia de ello en ningún archivo, ni el menor dato en parte alguna, que dé fe de tales éxitos y, por lo que se refiere a Guitry, las fechas no concuerdan. Y lo que es peor, no queda rastro alguno, por mínimo que sea, de que el actor Eugene Atget pisara jamás la escena francesa, ni siquiera como meritorio, nada. No parece que su nombre llegara a figurar siquiera una vez en la cartelera de un teatro en Francia, ni aun en la provincia más remota. No hay duda de que Atget amó el teatro más que cualquier otra cosa en la vida y que al teatro consagró con absoluta dedicación los veinte años más vigorosos de su existencia; ni siquiera consiguieron apartarle de él las humillaciones y los rigores de una existencia que nada tenía que envidiar a la que sufrían los actores de su categoría en la época de Moliere, la vida de una compañía de cómicos que daban tumbos de ciudad en ciudad, de teatro en teatro, por las regiones más inaccesibles, hiciera frío o calor, en condiciones que con frecuencia ni siquiera les permitían satisfacer el hambre o la necesidad de dormir en un lecho confortable. Atget no recibió a cambio de su entrega ni la más mínima migaja de reconocimiento, absolutamente nada. Las dos únicas cosas que debe al teatro son haberle dado la oportunidad de encontrar al único amigo con el que estuvo unido hasta la muerte, precisamente André Calmettes (que, él sí, se convirtió en afamado actor, protagonizó Aiglon de Edmond Rostand con Sara Bernhardt y terminó su carrera como director del teatro municipal de Estrasburgo) y, sobre todo, conocer en 1886 a la que habría de ser la compañera de su vida, Valentine Compagnon, actriz que se presentaba en los escenarios con el nombre de Valentine Delafosse. Valentine procedía de una familia de artistas: su abuela, Caroline Dupont, había sido, primero, eminente trágica de la Comedie Française, y tuvo una segunda y no menos brillante carrera como actriz cómica bajo el nombre de Caroline Delafosse. Valentine era una buena, pero modesta actriz. Pequeñita, regordeta y hermosa, como le gustaban a Atget, contaba diez años más que él y tenía a sus espaldas una experiencia matrimonial de la que le había quedado un hijo. Atget y ella compartieron la vida y la escena durante once años, y lo más probable es que fuera Valentine quien consiguiera trabajo para Eugene, y no al contrario. Llegó, sin embargo, el momento en que aquello dejó de ser posible: Valentine obtuvo un contrato de cuatro años de duración en La Rochelle, pero Atget no fue aceptado ni siquiera como comparsa, ni aun para intervenir en troisièmes roles, papelitos de tercer orden para los que, según Calmettes, Atget tenía un físico excesivamente duro, aunque nada dice, tal vez por respeto al amigo desaparecido, de su probable falta de talento. En consecuencia, Atget se vuelve a París y, mientras Valentine cumple su contrato, empieza a hacer balance de su propia vida, a preguntarse qué hará. Ya no es un muchacho; ha cumplido 40 años y tiene una estela de tremendos fracasos tras de sí. Desde luego, Atget es perfectamente consciente del estado actual de su existencia, pero cualquier hombre le resulta muy difícil extender el certificado de defunción de Sus sueños. Atget decide emprender otro camino: si no ha logrado ser un gran actor, tratará de ser pintor. Siempre ha sentido amor por la pintura y, junto a su amigo Calmettes, ha frecuentado la compañía de artistas: será uno de ellos. Durante casi dos años pinta un par de cuadros de árboles sin lagar el menor éxito, probablemente porque le falta convicción y, ciertamente, a juzgar por lo poco que se conoce de su trabajo, sin resultados brillantes. Pero esta vez Atget no está dispuesto continuar engañándose a sí mismo. Esta vez, debió decirse, es la definitiva, de verdad "El Arte no me sirve". Lo que importa es encontrar un trabajo que le permita ganarse el pan modesta pero dignamente. Valentine no tardará en reunirse con él y tiene que demostrarle que es hombre capaz de enfrentarse a la realidad y de subvenir a las necesidades de su familia. Su experiencia como pintor le ha permitido descubrir que numerosos artistas se valen de reproducciones de la realidad (grabados, fotografías) para realizar su trabajo. Por otra parte, conoce la capital al dedillo, sobre todo las calles viejas, los antiguos palacios, y sabe que hay muchas personas que aman el viejo París. Atget decide hacerse fotógrafo, dedicarse a documentar la ciudad y sus variadísimos aspectos. En la placa colocada a la puerta de su casa, en el quinto piso del número 17-bis de la calle Campagne-Premiere, en el corazón de Montparnasse, puede leerse: "Eugene Atget, fotógrafo artístico, documentos para artistas". La palabra arte sigue estando presente, incluso por partida doble, pero Atget ha renunciado definitivamente a ser u artista genuino; se limitará a reproducir las obras de arte y a facilitar documentación a otros que lo sean. Se trata de un cambio radical y, ciertamente, en lo más profundo de su ser, desolado; quizá ello amargó su carácter y le hizo aún más hermético, conflictivo y solitario. Atget creía estar asistiendo al definitivo funeral de sus ambiciones. Sin embargo, aunque él no lo sabía, se trataba del bautismo de una obra que le daría la gloria tan dolorosa, fatigosa y vanamente buscada en otras partes. La gran paradoja del destino de Atget. En aquellos momentos, hubiera podido decidirse por cualquier trabajo; eligió la fotografía. ¿Por qué? No lo sabemos. ¿Le habría atraído finalmente su auténtica vocación? No hay certeza de que fuera así. Se trataba de ganarse la vida. Se han contado multitud de fábulas tratando de rodear sus inicios en la fotografía con un halo romántico. Se ha dicho, por ejemplo, que fue al rastro parisino a comprar la vieja máquina de fuelle con la que inició sus trabajos. No hay constancia de ello. Por añadidura, su primera máquina no fue una vieja cámara de fuelle. Podemos afirmar, por primera vez que se trataba de una Chambord, una humilde y sólida máquina de formato 18 x 24 provista, al contrario de lo que piensan muchos, de un par de objetivos por lo menos, porque no es posible que determinadas escenas y ciertos detalles fueran captados con el mismo foco, bastante ancho, con que se realizaron la mayoría de las imágenes de Atget. La máquina iba montada sobre un enorme trípode de madera, y conocemos é aspecto que tenía Atget mientras realizaba su trabajo gracias a los numerosos reflejo de su figura, a medias cubierta por el paño negro, que descubrimos sorprendidos en los escaparates de las tiendas o en los espejos de algunas chimeneas falsas; Atget no se preocupó de eliminados, tal vez por casualidad al principio, por descuido en ocasiones y en otras, quizá, por diversión. Si a la máquina y el trípode añadimos la caja con las doce placas, pesaba más de 15 kilos lo que el alto, enjuto y un poco encorvado Atget cargaba sobre sus hombros, a lo largo de kilómetros y más kilómetros; y ello durante el cuarto de siglo largo que le quedaba de vida. Es cierto que la cámara fotográfica que utilizó Atget en casi treinta años, hasta el final, era un modelo bastante anticuado ya cuando empezó a trabajar, sobre todo en relación con los nuevos materiales sensibles y los obturadores que permitían tomar instantáneas, captar el movimiento. Diez años antes de que decidiera hacerse fotógrafo profesional, el Congreso Fotográfico Mundial de 1889 había instituido y determinado las relaciones entre los diafragmas y los tiempos de exposición rápidos que ya podía permitirse la fotografía. Atget, técnicamente arcaico incluso antes de empezar, se mantuvo al margen de todo ello, completamente aislado y quién sabe si desdeñando todos aquellos movimientos que, precisamente aquel año, nacían e iniciaban su desarrollo afirmando la tendencia pictórica siempre nueva, siempre vieja, eterna, de la fotografía artística. El no quería hacer arte, sino obtener documentos de las calles, los objetos, los monumentos. Al principio ni siquiera le interesaron, probablemente, las fotografías de personas, aunque nos ha dejado, pese a sus medios particularmente inadecuados, extraordinarias imágenes "de género" de la vida parisina. Le bastaba con el equipo de que disponía, quizá porque no podía comprar otro, tal vez porque con él había hecho su aprendizaje. Un aprendizaje del que nada sabemos. ¿Era ya aficionado a la fotografía desde antes? ¿Había tomado siquiera breves lecciones con algún profesional? ¿Quizá con el mismo que le vendió la máquina? ¿Se inició en la fotografía haciéndolas para su propio uso cuando era pintor? No hay la menor noticia. Las fechas de las fotografías no permiten determinar, todavía, si existen imágenes de Atget anteriores a su incursión en el campo profesional. Por lo que se refiere a la técnica, si se ha demostrado que resulta espléndidamente adecuada a la realización de sus obras y a la expresión de su mundo visual, no puede negarse, sin embargo, que no tenía un excesivo rigor, por ejemplo, en el revelado de las placas, demasiado contrastadas con frecuencia, o en la impresión de las pruebas, para lo que contaba a menudo con la colaboración de Valentine, que utilizaba el balcón para impresionar los escasamente sensibles papeles al citrato, y hacía el revelado en la cocina. Existen bellísimas fotografías realizadas por Atget, aunque con las técnicas modernas se logra una riqueza de detalle mucho más elevada de sus placas, pero en ocasiones el fijado, realizado por tanteo, ha hecho que se amarilleen antes de tiempo. En las tomas, por ejemplo, exigía demasiado del objeto rectilíneo en cada ocasión y, al descentrado en exceso para enderezar determinadas perspectivas, casi siempre dejaba sin impresionar los bordes de las placas, con lo que se producía el clásico efecto de grabado en puente. Tampoco son raros los casos de estatuas decapitadas y otros defectos de encuadre. Con ello queremos decir que muchas cosas en relación con Atget se han magnificado, por ejemplo determinados reflejos, o las sombras, o las figuras difusas, movidas, de personas impresionadas en las placas durante las exposiciones prolongadas, pretendiendo fundar en grandeza tan indiscutible por otras mil razones, sobre equívocos y determinados supuestos vanguardismos de los que, ciertamente, no tiene necesidad. Equívocos que, en gran parte, proceden del hecho de haber sido los vanguardistas quienes primero apreciaron las imágenes creadas por Atget viendo en su forma lúcida y extrañada de observar la realidad, en su' valoración del detalle y en determinadas casualidades, fundamentales para ellos, unas propuestas que seguían la misma dirección preconizada por su grupo de entonces, pero a las que Atget era ajeno. Atget continúa con sus actividades y se propone realizar un gran proyecto. Es incapaz de vivir sin planear algo grande, pero esta vez se trata de un proyecto concreto que él, a base de años y años de agotador trabajo, conseguirá prodigiosamente llevar más lejos que cualquier otro artista: crear una colección de todo lo que París y su entorno tienen de artístico y pintoresco.
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