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Fotógrafo David Hamilton - Grandes maestros

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Fotógrafo David Hamilton:

"Cazador de sueños, el hombre de ojos claros persigue mariposas adolescentes de leves alas, recién salidas de sus crisálidas ... Con delicadeza, para no ajarlas, las recluye inmediatamente en una mansión perdida, su casa, donde las observa durante mucho tiempo ... El fantasmagórico cazador vaga de alcoba en alcoba, silencioso como sus mariposas. Está buscando algo cuya naturaleza desconoce. Empuja, levemente, una puerta. Se detiene. Observa y, finalmente, ve. Su nombre es David Hamilton ... "
Con estas palabras Alain Robbe-Grillet presentaba hace once años el primer volumen de David Hamilton Rêves de jeunes Filles (Sueños de muchachas). Es el comienzo de una extraordinaria carrera y, al mismo tiempo, la culminación de una búsqueda que había durado más de diez años, la búsqueda de una realidad distinta, indefinible, a la que estaban ligadas todas las características que, todavía hoy, hacen que David Hamilton sea algo más que un fotógrafo, un personaje de moda o un maestro del erotismo tierno.
Es imposible intuir qué se esconde tras la mirada del "hombre de ojos claros". Una realidad que quizá no exista en modo alguno, una sensibilidad, una ternura delicada y, seguramente, una secreta y profunda nostalgia del tiempo que huye, muy parecida, pese a lo que a primera vista pudiera imaginarse, a la de Proust. Una fotografía de Hamilton es, ante todo, un conjunto de detalles, cada uno de los cuales posee una importancia primordial. Del mismo modo que un escritor o un pintor utilizan su arte para inmortalizar un instante fugaz, Hamilton crea en cada una de sus fotografías una verdadera composición.
Una composición sorprendente y singular, fruto de un rápido parpadeo: el disparo de la cámara, algo también distinto y eterno, la visión de un poeta cuyo secreto reside quizás en el insaciable deseo de nuevas visiones. La historia de David Hamilton podría empezar así: "Érase una vez un joven que deseaba pintar los sentimientos y las emociones más profundos de su alma: la suavidad de la luz, la sombra de los colores, la ternura de las muchachas. Pero le impacientaba la lentitud con que el pincel habría traducido y plasmado su pensamiento hasta que, un buen día, descubrió la máquina fotográfica ... "
Para recorrer el camino que conduce al David Hamilton actual es necesario retroceder en el tiempo hasta sus estudios de arquitectura, hasta su pasión por la decoración y el mobiliario e incluso su intensa labor como director artístico de las revistas de moda más famosas en los años sesenta.
Él afirma haber publicado sus primeras fotografías auténticas en Twen, importante revista alemana de aquella época, a través de la cual se reveló al público el "fenómeno Hamilton". El lanzamiento inicial ocurrió en 1969, cuando la revista presentó en sus páginas un encuentro fundamental: el del hombre con la poesía, y en este caso, el de David Hamilton con la canción de Léonard Cohen, Suzanne, la cual le impresionó de forma tan profunda e intensa que le permitió expresar plenamente su talento artístico. Las imágenes de Suzanne, publicadas por Twen en 1969, reunían por vez primera las cualidades que, en su conjunto armónico, constituyen la peculiar sensibilidad artística de Hamilton: la luz difuminada e incierta del crepúsculo, la penumbra secreta de los cortinajes entreabiertos, la intimidad, la cautela, el pudor y, en aparente contradicción, el abandono total, sin reservas, de la modelo, que revelaron al público el jardín secreto del fotógrafo. Este jardín ha permanecido después inalterado en el tiempo, pero se ha enriquecido a través de cada encuentro con una muchacha en flor, con un matiz o con un armónico acercamiento a los colores que le fascinan.
Tras su aparición en Twen, Hamilton se ha convertido en un personaje público: en una docena de obras ha desvelado su jardín mágico ante la mirada de artistas, críticos, diletantes y seguidores a los que su obra ha fascinado. Y el encantamiento continúa, ya que, a través de los años, Hamilton sólo ha revelado un rincón del jardín en cada una de sus obras. No porque el artista haya querido ocultar deliberadamente algunos rincones, sino sólo porque todavía no se le ha ocurrido explorarlos. David Hamilton, en realidad, es un hijo de su tiempo que vive con gran intensidad y que aprovecha sin falsos pudores la fama y la gloria para viajar, disfrutar del sol que tanto ama, explorar el mundo en busca de nuevas modelos y fuentes de inspiración, y para llevar una existencia de divo.
Explota su talento sin problemas, pero siempre en un sentido positivo, sin caer en las concesiones fáciles o buscar aquiescencias gratuitas. Siempre supo rechazar los ofrecimientos que no respondían a su sensibilidad artística; se comprueba, de hecho, que no cayó jamás en un erotismo banal y de efectos fáciles como le sugerían los que de¬mostraban así no haberle comprendido; precisamente porque el centro de su obsesión artística, de su sensibilidad, fue siempre la muchacha en el momento en que se empieza a abrir, inconsciente, a una vida de mujer, David Hamilton ama demasiado intensamente esta fuente de inspiración para renunciar a rodearla de una pureza tal, de una esencialidad tal, que casi da la impresión de pretender borrar su intervención como artista. Estas características son constantes y se repiten con gran evidencia en todas sus obras.
El primer libro, Rêves de jeunes filles, consagró su fama tras el éxito de Twen. Le dio la primera oportunidad de penetrar en el jardín secreto y realizar un descubrimiento un tanto ambiguo. ¿Erotismo o ambigüedad complaciente? Ésta es la primera duda que suscita la obra de Hamilton, duda que nunca será resuelta y que dejará intacto el sutil equívoco de la visión del fotógrafo "sonámbulo errante en tierras desconocidas, en busca de la casa perdida", como escribió Robbe-Grillet.
En aquella época, impresionados por la belleza y la extraordinaria intensidad de la expresión, algunos pensaron que Hamilton acabaría siendo inevitablemente el prisionero y la víctima de su propia originalidad, y no conseguiría nunca renovarse y evolucionar. En Rêves de jeunes filles pareció, en efecto, haber dado lo mejor de sí mismo y estar, por lo tanto, destinado a convertirse en una estrella fugaz del mundo de la fotografía, extraordinariamente luminosa, pero efímera. Sin contar con que en 1972 se publicaron dos de sus libros, Les demoiselles d'Hamílton (Las señoritas de Hamilton) y La danse (La danza), calificados entonces por el periódico Le Fígaro como "una patética búsqueda de la belleza". El tema central de ambas obras seguía siendo la joven, la adolescente.
Las Demoiselles suscitó la misma emoción intensa que Reves de jeunes filles había provocado: un nuevo himno al triunfo de la mujer-niña, a la dulce ternura de los cuerpos jóvenes, a la inocencia no del todo ingenua, a la sensualidad que se adivina bajo la suave palidez de la piel, ya presente e intensa, pero sin llegar a ser alcanzable debido a la pureza de la infancia.
Pero tras la suavidad difusa, todavía inmaterializada e impalpable de las Demoiselles, en la Danse se podía adivinar claramente lo que se escondía -y aún se sigue escondiendo- detrás de la mirada de David Hamilton: la atmósfera que él materializaba al colocar su sueño en un ambiente concreto, el de la danza, incluso el de la escuela de baile, aún más íntimo y secreto, como si hubiera situado a la joven en una especie de cofrecito dentro del cual sus gestos y sus actitudes asumieran un significado especial, pleno.
De este modo, acercándose de una manera más natural y exenta de encantamiento al artista del que ya se conocían el alma y los impulsos más secretos, era posible iniciar el descubrimiento del propio ambiente. Precisamente en esta obra se revela toda la importancia que e! artista concede al fondo: no e! de un estudio de fotografía donde se posa, marco que Hamilton rechazó siempre, sino uno formado por situaciones absolutamente reales en el que la luz es natural y e! reflejo de la barra posee una luminosidad especial que le han dado los miles de manos que se han posado en ella. Es éste un marco en el que las jóvenes viven de verdad, y no se atan las zapatillas de baile para que las fotografíen, sino para realizar los fatigosos ejercicios ante el espejo que, en algunos puntos, aparece ya desgastado y opaco. Un lugar en que, si una muchacha se desnuda o se sujeta un mechón de cabello, los gestos son siempre espontáneos y naturales.
Ya en esta etapa, se vislumbró la enorme importancia que asumen la naturalidad y la serenidad de las escenas que Hamilton plasma al crear instantes de completo sosiego, casi detenidos y aislados frente a la incesante fuga del tiempo. De ahí en adelante, se supo ya que Hamilton ofrecía una visión global y de conjunto de las cosas, en la que cada detalle hablaba, y habla, de esos instantes que todos los seres humanos intuimos vagamente como momentos de perfección absoluta y delicada, que nos parecen inexplicables e inmateriales y que desaparecen en cuanto nos aproximamos a la realidad como si nos despertásemos de un sueño profundo. Estos instantes no están, en verdad, más que en el pesar de no haber podido apresar plenamente su valor, efímero, pero real.
A partir de este momento, la función de la joven se reveló como algo muy distinto en el jardín del fotógrafo: indispensable y secundaria al mismo tiempo, se convirtió en el personaje emblemático de un mundo, en el elemento que, gracias a su presencia explícita o velada, estaba en condiciones de cristalizar una atmósfera especial. Entonces fue evidente que la muchacha de Hamilton era universal y poseía una dimensión atemporal. La misma gracia un poco amarga, las mismas promesas veladas emanaban de todas sus modelos que, lo que es muy significativo, siguen resultando atractivas y actuales.
El tercer volumen de Hamilton demostró inequívocamente que, como artista auténtico que era, y pese a lo que algunos habían vaticinado, escapaba al riesgo de la repetición y de! desgaste; su verdadero talento, único e inimitable, permanece insensible a las oscilaciones del gusto y de la moda.

Tras ese testimonio de su propia afirmación artística, David Hamilton se otorgó una pausa de dos años. Sin embargo, no permaneció inactivo durante ese período, sino que lo aprovechó para saborear la gloria y la fama que había adquirido, conceder cientos de entrevistas, buscar nuevas modelos y publicar sus propias obras en las revistas inglesas, alemanas, francesas y norteamericanas en todos los países en los que gozaba de gran fama y donde su talento ya había sido reconocido sin ambages desde hacía tiempo.
Estos dos años le permitieron también preparar otro paseo por su jardín, cuyas puertas se abrieron de nuevo al público en 1974. Souvenirs fue otro descubrimiento en el que la mujer era también e! tema central; una mujer sublime y etérea, frente al mar. Sin embargo, algo aparece como fundamental: la playa en el momento en que baja la marea, cuando se apaga el bullicio, los bañistas desaparecen y las jóvenes caminan perezosamente por la orilla.
Souvenirs marca la aparición de los paisajes, de la luz bíblica de Túnez, y se configura como la búsqueda de una nueva pureza: la del desierto. Una casa, casi imperceptible dada la intensidad de la luz solar, al fondo, custodia el sueño secreto de David Hamilton, que entreabrirá levemente las contraventanas para dejar que se filtre e! rayo de luz que le permita atrapar su realidad. Una realidad hecha de imágenes irreales, demasiado bellas para que existan fuera de la imagen desenfocada. Souvenirs fue una especie de diario de vacaciones, la obra en que narró mediante imágenes los instantes de ternura y de emoción que le suscitaron escenas sencillas en las que él había captado una profunda serenidad.

Completamente distinta es la atmósfera de Collection privée de David Hamilton, publicada en 1976, la obra más audaz del artista. "Una visión lúcida y precisa de la sensualidad femenina", como señala la contraportada. Muchas personas, en aquella época, estaban ansiosas por penetrar en ese sendero tan especial del jardín de Hamilton, pero quien esperase encontrar imágenes escandalosas estaba abocado inevitablemente a sufrir una profunda desilusión. Esta obra demostraba una vez más que el talento y la intensidad expresiva de Hamilton se identificaban con la más absoluta pureza y con la sencillez de su visión. En la introducción afirmaba Denise Couttès: "Hamilton da a conocer en esta obra, con la misma ternura con la que se cuentan los recuerdos íntimos y secretos a un amigo, las fotografías que no había publicado nunca y que conservaba para sí celosamente". El amigo ideal al que estaban dedicadas las fotografías era cualquiera que estuviese capacitado para intuir inmediatamente que en ellas Hamilton mostraba a sus muchachas las mismas que aparecen en todas sus obras sorprendiéndolas, simplemente, en alguno de los momentos más preciosos, íntimos y secretos de sus fantasías. Y si había decidido desvelar un aspecto particularmente turbador de esta belleza primigenia, lo hacía, sin embargo, con el mismo distanciamiento crítico típico del artista que transformaba su obra en una especie de testimonio en el que, de hecho, sólo existía una forma única de sensualidad: la que posee la muchacha, la adolescente que no provoca a nadie porque aparece perdida en sus fantasías. Quizá porque marca la superación de este nuevo estadio de la búsqueda expresiva, Collection privée es la única obra de David Hamilton en la que varios capítulos están dedicados a una sola modelo. Por ejemplo, Bambina: "Bambina no sonríe al fotógrafo. Parece sentirse contrariada o molesta; quizá sólo piensa en el joven que la ha seguido esta mañana ... " Son temas repletos de una sensualidad ambigua hecha de inocencia y de actitudes inconscientemente provocativas que se dirige, sin embargo, completa y exclusivamente a los pensamientos y a los sueños de la modelo, al misterio de su feminidad que, en el momento de manifestarse, provoca profundas y oscuras turbaciones.
Tras el gran éxito comercial obtenido, Collection privée constituyó, en un cierto sentido, un estímulo para la posterior obra de David Hamilton, The best 01 David Hamilton, publicada en 1976. Se trata de una síntesis de las imágenes de las tres primeras obras, ya agotadas en las librerías, que el público reclamaba. En esta nueva publicación se recogían las fotografías más importantes y significativas del artista.
Pero The best está unido a una fase especialmente importante en la carrera de Hamilton, período en el que ensayó por primera vez un nuevo medio de expresión: el cine. En esta época se rodaba Bilitis, su primer largometraje, del que se extrajo el volumen L'album de Bilitis, publicado pocos meses después.
El libro recreaba, intacta, la atmósfera de la película en la que se hacía resaltar hasta alcanzar una fascinación sugestiva la importancia de ciertos elementos visuales como las flores que adornaban los cabellos, los paisajes, los vestidos y todos los detalles sabiamente dispuestos por el fotógrafo. Éste se había transformado en cineasta durante el breve espacio de tiempo necesario para narrar una historia, pero su atención se dirigía constantemente a sus técnicas específicas de expresión. Su objetivo era, de hecho, dar vida a las muchachas; reflejar la languidez de las tardes provenzales, los juegos de luces y sombras, la difuminada ternura de los colores en el claroscuro de las casas bañadas por los rayos del
Esta experiencia cinematográfica gracias a la cual Hamilton había podido experimentar el movimiento con todas las potencialidades expresivas en él implícitas no impidió al fotógrafo volver al libro, a la imagen fija que da un espacio más amplio a la reflexión y al sueño, a la maravilla, al estupor. La misma maravilla que aparece en las imágenes de La jeune fille, publicada en 1978. Como se lee en el prefacio, "Entre el autor y la joven han transcurrido diez años de perfecta armonía".
Una armonía crecientemente más dulce y serena que resurge en todas sus fotografías, en las que la muchacha, desnuda, aparece cada vez más rodeada de misterio, del secreto de sus pensamientos más recónditos, pero cuyo retrato es en cada imagen más preciso y menos velado gracias a la aguda visión del artista pronto a captar la esencia íntima. En esta obra, David Hamilton afirmaba explícitamente por vez primera: "Estoy dispuesto finalmente a enfrentarme con la muchacha, porque entre nosotros no se interponen ya los diafragmas".
Sólo existe el instante fugaz descrito por Rodin: "La verdadera juventud, la de la pubertad virginal, el momento en que el cuerpo, rico en linfa vital y vigor intacto, revela un ágil y leve orgullo, y parece invocar y temer a un tiempo al amor; ese momento que dura sólo pocos meses".
Sería inexacto afirmar que David Hamilton alcanzó con esta obra la cúspide de su madurez artística; ya desde sus primeras fotografías se había revelado claramente su propia aspiración, casi una vocación, de captar exactamente el clima de este período tan fugaz de la existencia femenina. Quizás era que su público había alcanzado finalmente la madurez necesaria para descubrirlo completamente y para moverse con absoluta naturalidad en el jardín secreto.
El título de su novena obra, publicada en 1980, era indudablemente simbólico y alusivo, y puede decirse que resume de un modo muy significativo toda la obra de David Hamilton con sólo dos palabras: "jardín", que recoge por lo que evoca toda la belleza y el colorido en los que se desenvuelve y enriquece su inspiración, y "secreto", que revela el grado de apertura, de la revelación de sí mismo a la que se abandona, el pudor y la delicadeza con la que se expresa. Una obra que él acomete casi para alcanzar una forma más profunda de comunicación con el público, una sintonía, frente a la esencia pura de la gracia.
El Jardín secreto sintetiza, por tanto, todas las cualidades propias de Hamilton: la muchacha, con toda su naturalidad, presente de ahora en adelante sólo en su calidad de amiga, partícipe y cómplice de la búsqueda expresada de un modo completo en las imágenes venecianas, en los paisajes, en la naturaleza muerta que el público descubre poco a poco mientras empieza a comprender que, apenas David Hamilton posa su mirada sobre un objeto, sea cual sea la naturaleza del mismo, se posesiona completa y definitivamente de él. Robert Gordon subraya, en el prólogo del libro, que, incluso antes de descubrir estas imágenes, "incluso en sus primeras fotografías, ya tendía a crear unas imágenes tan personales y tan únicas como sus propias huellas digitales". Para definir mejor esas imágenes citaba a Maupassant: "La belleza, la belleza armónica. No existe nada más allá de la belleza  La línea de un cuerpo, de una estatua o de una montaña, los colores de un cuadro  ".
Tras esta obra cumbre que nos proporciona la clave interpretativa de su jardín, David Hamilton-se ha dedicado nuevamente al cine con Tendres causines (Tiernas primas), película de la cual el año pasado extrajo un libro que es, en orden cronológico, el último paseo por el mundo de este "fotógrafo que se sitúa fuera de la fotografía", ya que su arte escapa a cualquier intento de clasificación genérica.
Pintor, poeta, amigo, David Hamilton ha emprendido viaje nuevamente siguiendo el hilo.

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