Miércoles - 08.Febrero.2012

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Fotógrafo Cornell Capa

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Fotógrafo Cornell Capa:

CAPTO LO ESENCIAL DE UNA HISTORIA

Contemplando el casi medio siglo de mi vida de trabajo, las experiencias realizadas en el marco de una gama cada vez más amplia de intereses y de elementos sensibles resultan más claras. Me parece que podría ser de gran utilidad compartirlas con otros para que puedan aprender algo de ellas.

Los 18 primeros años de mi vida, transcurridos en mi ciudad natal, Budapest, no tu­vieron nada de especial. Llevé la existencia típica de un muchacho perteneciente a la clase media más bien acomodada, feliz con los descubrimientos que iba realizando. Me gustaban los deportes, el alpinismo y las arriesgadas acampadas veraniegas; esto aparte, no me interesaban los problemas religiosos, sociales o políticos del momento. Yo era el más pequeño de tres hermanos y nuestros padres eran los ejemplares típi­cos de aquel tiempo y de aquel lugar. Sastres estupendos, poseían una fábrica de ropa que dirigían personalmente, lo que les obligaba a desplazarse a Viena o a París para informarse sobre las últimas tendencias de la moda y poder satisfacer, de este modo, a su distinguida clientela.

Mi padre era un personaje extraordinario; hablaba al menos cinco idiomas, le gusta­ban las cartas, aunque era un jugador más que discreto, y, sobre todo, se manifestaba más bien indiferente a las penalidades del mundo. Mi madre, por su parte, era la fuer­za y la conciencia de la familia, la que soportaba la carga de las responsabilidades en la casa y en el trabajo.

Laszlo, mi hermano mayor, padecía reumatismo y murió cuando apenas contaba los veinte ai10s de edad, en 1934. El segundo de los hermanos, André, era muy alegre; le gustaban las aventuras que implicasen al cuerpo y al espíritu y participaba en todo lo que preocupaba a los estudiantes revolucionarios de aquella generación; liberación de la familia, de las antiguas costumbres sociales, de la moral sexual tradicional v de la esclavitud económica. Se distinguía, además, por una furiosa oposición al dictador de Hungría, el almirante Nicholas Horthy.

Nuestro pequei10 mundo húngaro empezó a deshacerse a mediados de los ai10s treinta: mi hermano Laszlo murió, el negocio familiar se arruinó, André se vio forzado a abandonar el país y mi madre se fue a buscar a mis hermanas a Nueva York. Desgra­ciadamente, mi padre falleció en Budapest en 1938, antes de que la familia se hubiera podido reunir en América.

Mi hermano André (conocido más tarde como Bob Capa) tenía cinco ai10s más que yo, y al acabar el bachillerato fue obligado por la fuerza a salir de Hungría a causa de su activismo político. En 1931 se trasladó a Berlín y más tarde, con el advenimiento de Hitler, pasó a París.

André hizo un descubrimiento importante: la fotografía era el nuevo esperanto visual, un excitante medio de comunicación, un pasaporte para una vida de acción y de participación, una profesión libre que le permitía trabajar y ganar dinero sin los documentos que habría tenido que solicitar inútilmente y que no hubiera obtenido nunca. A corto plazo constituía la solución perfecta para un joven húngaro sin patria y sin un céntimo cuya lengua materna no le servía para las comunicaciones internacionales. Yo iba todavía al colegio y André, en sus cartas, me invitaba a descubrir los misterios de la fotografía, consejo que, por otra parte, yo ignoraba en cuanto tenía otras mil cosas interesantes que hacer, por ejemplo ir a patinar sobre la estupenda pista del Varos Liget, acudir al parque de atracciones de Budapest con chicas bonitas o participar en los campeonatos de ping-pong.

Una vez que terminé mis estudios fui a buscar a André a París, y llevé conmigo el sueño de estudiar medicina. Gracias a mi hermano me familiaricé muy pronto con la cá­mara fotográfica; además, él me hizo partícipe de todo lo que había descubierto tras llevar una existencia interesante y provechosa. André, su novia alemana Gerda, sus amigos, el polaco "Chim" (David Sevmour) v el francés Henri (Cartier-Bresson), esta­ban entusiasmados con sus experimentos con la nueva Leica, la cámara fotográfica portátil que acababa de ser lanzada al mercado. Podía ser usada sin llamar la atención, permitía realizar fotografías aunque la iluminación fuera muy escasa y, por lo tanto, hacía posible contar historias y sucesos mediante imágenes.

Había nacido el periodismo gráfico y crecía el número de revistas ilustradas de gran tirada. Si pensamos en la llegada de la televisión en los años cincuenta, tendremos una idea de lo que significó la cámara fotográfica de pequeño formato en los años treinta.

En los primeros meses que pasé en París frecuenté una escuela de idiomas, besé a una guapa compañera de colegio griega en los jardines del Luxemburgo y fui admiti­do como aprendiz no remunerado en un estudio fotográfico para introducirme en los primeros rudimentos del oficio. Conocí la fiebre de descubrir el mundo a través de Bob (André había vuelto a "nacer" al adoptar el nombre de Robert Capa) y de sus amigos, todo en el marco de la magia de la cámara fotográfica. Pasé dos años en París antes de emigrar a Nueva York donde encontré trabajo en la cámara oscura de la agencia informativa Pix y de Life. De este modo estuve en estrecho contacto con el trabajo y la vida privada de los fotógrafos que sobresalieron en aquella época de pio-

En 1946, tras una experiencia con la Air Force Photo-lntelligence en la que no desta­qué en modo alguno, fui admitido como fotógrafo de L!le. En los tres años siguientes realicé breves y divertidos reportajes, difíciles o insignificantes, constituyeron una buena práctica que me preparó para los 25 años de importante trabajo que siguieron. Cada una de las fotografías que aquí se presentan configuran un momento de exalta­ción, la sensación de haber captado lo esencial de una historia, el alzarse momentá­neo de una cortina que nos permite observar la vida de la gente. En calidad de perio­dista gráfico, decidí con conocimiento del tema dónde estar presente: donde quiera que me encontrase mi deber era captar una imagen que suscitara el interés de los demás y el mío propio.

Si la cámara fotográfica es la pluma del fotógrafo, la luz es la tinta. El fotógrafo debe ser capaz de poder elegir el punto más adecuado, debe saber si es suficiente un de­terminado uso de la luz o si es preferible aumentar su intensidad. Tiene que escoger el objetivo que capte la escena en su totalidad o sólo un fragmento significativo, a muy poca distancia, de lo que aprecian sus ojos; debe trabajar en blanco y negro o en color, iluminar la escena frontal mente con bastante luz, o captar un perfil para evocar un cierto misterio. Y estas decisiones hay que tomarlas al instante, en cada disparo. En toda una vida de trabajo son muy pocas las imágenes que se pueden considerar grandes fotografías susceptibles de una utilización inmediata y adecuada, y todavía más raras las que resisten a la prueba del tiempo. Naturalmente, mi cerebro y mis ojos están siempre atentos y vigilantes. Pero la cámara fotográfica me sigue sólo cuan­do realizo un reportaje ... El resto del tiempo miro y recojo impresiones.

Me siento muy privilegiado: no sólo me fue posible asistir a la primera reunión de gabinete de John F. Kennedy, sino que pude captar su cabeza con los cabellos revuel­tos sobre la silla del poder -clic-, la sonrisa amorosa en el rostro del nieto de la Abuela Moses –clic-, las facciones obtusas del hombre de la tribu atshuara que con­templa los misteriosos movimientos del aviador blanco que ha aterrizado un instante antes -clic-. Y ahora estos momentos, para que los podamos compartir, son imágenes fotográficas. En el lapso de doce años he podido observar el aspecto, el drama y los relevos de los políticos y la política norteamericanos, y he pasado veinte años indagando sobre la vida tribal en los Estados Unidos, en Gran Bretaña, en Latinoamérica; en Nueva Guinea o donde quiera qua estuviese, He asistido personalmente a espectáculos públicos, a acontecimientos de la vida privada de muchos personajes mundialmente conocidos y a momentos importantes para la gente común y corriente, cuando se producía alguna catástrofe, En todas esas ocasiones he creído compartir totalmente el peso del drama humano.

Espero que al observar mis fotografías, se pueda determinar una línea personal cons­tante en mi actitud y en mi manera de mirar a las personas, los lugares y las culturas, que parecen extraños sólo al que es extraño. Es éste un papel que me gusta represen­tar porque me mantiene en sintonía y hace que mi objetivo sea penetrante,

Espero que no se vea sólo la majestuosidad de la misa matutina en d monasterio de Zagorsk, sino que se pueda sentir vívidamente ese extraño olor mixto de incienso y de cuerpos envueltos en vaho que tratan de resguardarse del invierno ruso, Otro tan­to puedo decir de la belleza del cazador amahuaca que se recorta solitario en la selva, la "catedral" para un hombre en plena naturaleza, abismado en la contemplación de su presa mientras se filtra la luz entre las hojas.

Nuestro mundo es un continuo entrelazarse de comedia y tragedia humana, Captar la vida y traducirla a imágenes fotográficas es un gran handicap, y tener la posibilidad de asistir junto a todos los que participan en un gran acontecimiento es uno de los mayores privilegios.

"Llevad mi palabra .. ", es quizás el encargo del Señor a todos los misioneros, En un cierto modo, esto se transforma para los periodistas gráficos en "Llevad mi imagen", .. para que sea vista, para que aporte un nuevo conocimiento y una nueva comprensión, para que disipe la ignorancia y transforme el prejuicio, como una esperanza de que nuestra propia capacidad influya en la condición humana y la mejore. La breve histo­ria de la fotografía abunda en testimonios semejantes. Sólo espero que mi nombre se añada al de otros muchos.

Para terminar mi historia, debo decir que me considero muy afortunado de haber na­cido en mi tiempo, de haber contado con unos padres que me transmitieron sus cua­lidades, un hermano que ha difundido con generosidad las suyas, colaboradores que se han convertido y han seguido siendo amigos, y una compañera para toda la vida, mi mujer Edie, sin la que nada hubiera tomado forma y significado.

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